Huérfanos sin Abrigo

Presentación en Centro Cultural Tenanitla de Librería Miguel Ángel Porrúa.

 Ahora quisiera hacer algunas confidencias, Madea no nació en Francia, nació en el Barrio de San Lucas en Coyoacán donde viví hace una década con mi familia. En su camino al Hospital de la Ceguera vi pasar frente a mi casa a decenas de invidentes. Su particular andar sembró en mí asombro y profunda admiración. Ausentes, a mi parecer, y esquivos, recorrían la calle desde una humanidad cuya motricidad y presencia me eran ajenos.

Resulta curioso y esclarecedor que para besar, igual que para saborear o escuchar música, cerremos los ojos inconscientemente. Por unos instantes… somos ciegos a voluntad y lo hacemos para subir el volumen del sonido que producen las cosas, o para aislarnos de estímulos en ocasiones estridentes. “Huérfanos sin abrigo” es el ensayo de esos momentos en los que el sentido de la vista desafina y distorsiona nuestra percepción, y desde las profundidades de nuestra esencia, instintivamente, y a partir de rastros sutiles aconceptuales, reajustamos los ecos y vibraciones.

 Sin duda, en “Huérfanos sin abrigo” preside la ceguera y secunda la música como lenguaje y vehículo. La ceguera de Madea es la materialización de un móvil que tiene mucho que ver con la historia de la región, a un nivel metafísico es efecto de facultades inhibidas por agentes externos a lo largo de muchos siglos. La música, en cambio, es pócima y embrujo, vestigio y promesa. En una sinergia de dos potenciales creativos: el de la invidencia y el del sentido del oído, esta historia busca reconfortar y conciliar.

Invierto mucho tiempo frente a la computadora viajando y explorando sitios y perfiles de personalidades. Se me impone el hábito de andar a ciegas, calzando zapatos ajenos para recrear situaciones memorables aptas para la ficción. Se vuelve emocionante, tentador y lícito empuñar un arma, mutar o cambiar de época. Valoro matices de negro y de blanco, cuya difuminación de las verdades así llamadas “puras” resulta estimulante. En “Huérfanos sin abrigo” las versiones de otras vidas me llevaron de la mano como el bastón para ciegos a que renunció Medea.

Si hoy se me concediera un deseo, además por supuesto del estar sentada frente a ustedes presentando esta novela, sería andar por las calles de Béziers al acecho de la protagonista con el objeto de espiarla, como hizo Messieur Paeck, y entrometerme hasta poder ver sus iris yertos y sus pupilas apagadas, que si bien, brillaron en voluntad, no lo hicieron en horizonte, no al menos hasta hoy.